La leyenda de los volcanes

La leyenda de los volcanes

La ciudad de México está llena de mitos y leyendas indígenas mexicanas. Estoy seguro que quien haya tenido oportunidad de visitarla, se percató de que son visibles desde allí dos grandes volcanes: el Popocatépetl y el Iztaccihuatl.

Tal como sucede en la inmensa mayoría de las historias de amor, esta también acabó en tragedia. Sucede que en la época en donde los aztecas dominaban gran parte de la región, los tlaxcaltecas iniciaron una batalla cuyo único fin, era el de librarse del yugo impuesto por los mexicas.

Mientras eso sucedía, la hija del jefe de los tlaxcaltecas, a quien todos conocían por el nombre de Iztaccihuatl, estaba locamente enamorada de Popocatépetl, un general que iba a ser enviado a la guerra, debido a su valentía y bravura.

Antes de partir, los amantes hicieron la promesa de que cuando la batalla terminara se casarían. Sin embargo, a los pocos meses de iniciado el conflicto, un soldado pidió una audiencia con el jefe de la tribu tlaxcalteca, para informarle de que desafortunadamente Popocatépetl había fallecido.

Desde luego, eso era una mentira tramada por él, ya que deseaba que Iztaccihuatl lo olvidara y así tener el camino libre. Sin embargo, sucedió todo lo contrario. La joven se encerró en sus aposentos a llorar la muerte de su querido, hasta que el sufrimiento hizo que su corazón se detuviera para siempre.

En un giro dramático del destino, poco después regresó triunfante Popocatépetl a su pueblo. La felicidad le duró muy poco, pues inmediatamente fue informado del deceso de su prometida.

Su mente no pudo soportar esa noticia, lo que lo hizo que se fuera al monte a recolectar miles de piedras de todos tamaños para hacerle un altar a Iztaccihuatl.

Cuando lo terminó, colocó a la joven encima del montículo y les pidió a los demás que se alejaran:

– Ella no está muerta, tan sólo está dormida. Yo me quedaré aquí hasta que despierte. Decía.

Popocatépetl cumplió su promesa y permaneció arrodillado junto a su amada hasta que la nieve los cubrió ambos convirtiéndolos en los volcanes que son ahora.

Dicen que de vez en cuando el corazón de “Don Goyo” (como también se le conoce) late más de la cuenta y es en ese instante en el que vemos las fumarolas emanar de su cráter.

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