El motel Perséfone

El motel Perséfone

Por azares del destino tomé la ruta equivocada y me desvié hasta un poblado que no conocía. Traté de buscar mi ubicación en un plano virtual, pero no había cobertura en el sitio.

Caminando por las oscuras calles, encontré un pequeño motel llamado “Perséfone”, algo escalofriante si tomamos en cuenta que uno de su significado está tremendamente vinculado con la muerte.

Tengo que confesar que ese tipo de lugares no son mi primera opción para alojarme. En principio porque la mayoría de ellos están descuidados y sucios. Y después porque he oído varios cuentos cortos de terror que han pasado en esos lugares.

La fachada estaba pintada de color azul brillante y encima de la puerta había un letrero de neón grande con el nombre del motel. Entré y enseguida vi la recepción. Un hombre gordo se hallaba tras el mostrador y me miraba de manera desconfiada.

Me le acerqué y un poco temeroso le pregunté:

– Disculpe ¿tiene alguna habitación disponible?

– Sólo me quedan libres dos en el piso de arriba. Le advierto que al tratarse de una habitación doble el precio se duplicará. ¿Está de acuerdo?

Dado que ya no quería buscar más opciones similares, acepté lo que el individuo decía. Me registré y subí.

La luz principal no funcionaba, con lo que mi única fuente de iluminación era la luz proveniente de los automóviles y del alumbrado público. Elegí la cama que estaba más próxima al baño y me acosté sin siquiera des tenderla.

A los pocos minutos, oí un leve murmullo. Pronto este se transformó en el sonido de un fuerte cascabel. Sentí mucho miedo, pues al levantarme de la cama, pude observar como montones de pares de ojos amarillos me miraban fijamente.

Es algo que no tiene explicación, pero el cuarto se llenó de repente de víboras de cascabel, dispuestas a matarme. Creí que todo estaba perdido hasta que me acorde que una de las ventanas daba directamente a la escalera de emergencia.

Bajé de salto en salto hasta que estuve en el estacionamiento. Subí a mi automóvil y puse el motor en marcha. Las víboras me pisaban los talones.

Pisé el acelerador a fondo hasta entroncar de nuevo con la carretera. Luego miré el retrovisor y las serpientes habían desaparecido.

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